Chocó, epicentro de los conflictos ambientales y sociales en Colombia.

NOANAMÁ, Colombia – Una mañana lluviosa de noviembre en lo más hondo de la selva de Chocó al oeste de Colombia, los combatientes rebeldes del Ejército de Liberación Nacional (ELN) se repartían en un campo de fútbol fangoso en grupos de ocho para realizar su entrenamiento diario. Los rebeldes practicaban con palos en lugar de pistolas para evitar que se atascaran con el barro y llevaban pantalones de vestir en lugar de uniforme.

Desde lejos parecía un partido de béisbol, pero en realidad los combatientes entrenaban porque la guerra podría estar a punto de estallar. Otra vez.

Un líder del frente Che Guevara que utiliza el alias de “Yerson” se sentaba cerca mientras sus compañeros acababan el entrenamiento matutino y culpaba a la élite de Colombia por el continuo conflicto. Llevaba atuendo militar y una boina con una imagen roja del Che Guevara.

 “La gente ve las guerrillas como algo anticuado”, dijo. “Pero el capitalismo es más antiguo y seguiremos luchando contra la injusticia si tenemos que hacerlo”.

Yerson hablaba sobre la insurgencia que su organización ha realizado contra el estado colombiano durante cinco décadas, hasta que se negoció el alto el fuego sin precedentes en octubre. El cese el fuego acabó oficialmente el 9 de enero, pero todavía no está claro si se volverá al estado de guerra o las fuerzas armadas y rebeldes mostrarán contención.

En 1964, inspirados por la revolución cubana, un grupo de estudiantes radicalizados y campesinos declararon la guerra contra el gobierno en las montañas del centro de Colombia. Su objetivo era romper el yugo de la élite liberal conservadora que controlaba el sistema político, redistribuir la riqueza a los pobres y establecer un estado marxista. 

El frente Che Guevara del ELN se desplazó al pueblo de Noanamá situado en la cuenca de San Juan en el departamento de Chocó durante la relativa calma del alto el fuego. La cuenca de San Juan recibe su nombre por el río principal que fluye en la región. La situación geográfica de Chocó, escondido entre las montañas andinas al este y el océano Pacífico al oeste, lo convierte en uno de los lugares más húmedos y biodiversos de la tierra.

Para los guerrilleros del frente Che Guevara, el fin temporal de las hostilidades no es necesariamente una promesa de paz ni un futuro brillante para la región de Chocó. Repetidas “provocaciones” de las autoridades, como sobrevuelos en helicóptero, han creado una atmósfera de tensión y han añadido presión a las conversaciones de paz que se estaban realizando en la capital de Ecuador, Quito.

El departamento de Chocó es el escenario de muchos problemas que aún plagan Colombia.

Rico en recursos naturales como Madera, oro y platino, además de un vasto bosque tropical primigenio cada vez más amenazado, Chocó ha sido el enclave de una guerra de posiciones entre el ELN y los grupos paramilitares que compiten por el territorio que quedó sin dueño cuando las FARC se desmovilizaron. 

Como consecuencia, la población predominantemente afrocolombiana e indígena se ha visto atrapada en el fuego cruzado.

Para empeorar las cosas, las autoridades colombianas han destruido cultivos de coca, el ingrediente base de la cocaína, y pequeños dragados para minería de oro como parte de un impulso para deshacerse de las industrias ilegales, tal como se acordó en el proceso de paz.

No obstante, eso ha aumentado la tensión con los lugareños, que protestan porque se han quedado sin nada. Con cultivos escasos y un futuro incierto por delante, los residentes de la región están desesperados.

Eliminación de cultivos y cultivos débiles

Noanamá es hogar de alrededor de 800 campesinos afrodescendientes y está rodeada de una copiosa y verde selva. A pesar de su paisaje esplendoroso, es imposible no ver la contaminación: la ciudad y el río están regadas de basura y, por ello, sus habitantes ya casi no pescan.

Los habitantes locales solían pescar, cazar y talar en esa región con métodos tradicionales, pero la expansión de la coca y la fiebre del oro cambiaron sus vidas de forma irrevocable y transformaron su cultura y su dieta, además de contaminar el ambiente. Ahora plantan cultivos de coca para tener ingresos y pancoger para sustento.

El joven líder de la comunidad Noanamá, al que llaman Indio, explicó en una tarde de calor sofocante cómo cada familia cultivamenos de una hectárea de coca.

“Además de la minería, ese es nuestro único ingreso”, dijo. No obstante, explicó, el precio de mercado de la coca ha caído drásticamente en el último año, en parte por un auge de la coca. Eso ha hecho que sea más difícil comprar productos básicos, que tienen que ser importados a través del río a precios elevados.

Indio añadió que además de eso, su pancoger, normalmente de arroz y maíz, no ha prosperado a causa de las graves inundaciones que, personalmente, atribuye al herbicida tóxico que se utiliza para destruir los cultivos de coca y al cambio climático.

Los lugareños segaban los cultivos desde noviembre de forma tradicional, pero ahora la estación lluviosa se alarga hasta enero.

Una persona anciana de la comunidad conocida como Mama Emma, que ha vigilado la estación meteorológica en Noanamá desde 1973, hacía una evaluación similar. Afirmó que el tiempo había cambiado en los últimos años y el clima era más extremo. Con tristeza, añadió: “el gobierno viene una vez al año para ver las lecturas del tiempo y ya está. Ni se han molestado en pintar la estación climática en años”.

Indio dijo que la policía había ido a Noanamá en los últimos meses durante el alto el fuego para destruir los cultivos. Otros residentes afirmaron que las autoridades también habían intimidado a agricultores, preguntándoles si habían “apoyado a los rebeldes”, ya fueran las FARC o el ELN, en el pasado.

Los acusaban de hacer eso para señalarlos y destruir sus cultivos. El apoyo podía significar cualquier cosa, desde pagar el llamado impuesto revolucionario obligatorio sobre sus beneficios hasta vender pan a los combatientes en una panadería.

Los lugareños estaban enfadados con las autoridades; señalaron que la única presencia del gobierno en la región durante este periodo turbulento había sido negativa: gastando dinero en sobrevuelos y eliminación de cultivos pero dejando a los residentes sin cosas básicas como atención sanitaria y un recurso para vivir. Chocó tiene la peor asistencia sanitaria de Colombia, y el 40 por ciento de los chocoanos viven en absoluta pobreza. Solo hay un hospital en la capital de Quibdó.

Por separado, Yerson acusó a las autoridades de utilizar la erradicación de la coca como una artimaña para violar el alto el fuego al llevar helicópteros sobre su territorio y provocarlos para combatir.

El ELN es oficialmente la última insurgencia armada que queda en el continente después de que las FARC firmaron un histórico tratado de paz con el gobierno en noviembre de 2016. El tratado dio fin a una guerra civil de 53 años de duración que había acabado con la vida de más de 200 000 personas y desplazado a más de siete millones.

Puso fin a la guerra con las FARC, pero muchos de los elementos que hicieron que floreciera el conflicto, como el auge del mercado de la cocaína, siguen vivos, siendo una espina para el gobierno, que quiere presentar a Colombia como una nación transformada a la comunidad internacional.

Al contrario de las FARC, que conseguían gran parte de su dinero a través del tráfico de cocaína, el ELN ha evitado participar de forma importante en el comercio. La mayor parte de sus ingresos provienen de la extorsión y los rescates de secuestrados, y ha extraído una cantidad incalculable de millones del oleoducto Caño-Limón, propiedad del estado, desde los 80 a través de la extorsión a empresas petroleras y amenazas de sabotaje.

El bloque occidental del ELN que opera en Chocó, sin embargo, sí que cobra una tasa a los cultivadores de coca.

Aunque el ELN afirma tener un plan ambiental, su rama en Chocó reconoce que se tiene que adaptar a las realidades locales, lo cual en la práctica significa cobrar a los lugareños por realizar actividades que dañan el medioambiente, como la tala y la minería y aplicar prohibiciones de extracción en las cabeceras de los ríos.

El gobierno colombiano tiene un plan ambicioso para erradicar la coca y otras industrias ilegales como la minería de oro sin licencias. Ha prometido destruir más de 100 mil hectáreas de cultivos de coca, la mitad a través de la eliminación y la otra mitad con un plan voluntario de sustitución de cultivos. El año pasado, la cantidad total eliminada fue de no más de 18000 hectáreas.

Pero la producción de coca es más alta de lo que ha sido en 20 años, lo cual también ha contribuido a la deforestación a gran escala. Desde que se desmovilizaron las FARC, la deforestación ha aumentado un 44 por ciento y más de 170 mil hectáreas de bosque se han perdido, según Amazon Watch. Uno de los extraños beneficios de la guerra civil es que mantuvo grandes trechos del bosque de Colombia intactos.

A causa de esas tendencias, los residentes de Noanamá dudan que el gobierno vaya a cumplir con su plan de sustitución de cultivos, ya que intentos similares fracasaron en el pasado.

El problema del oro

Los lugareños también denunciaron a las autoridades por destruir dragas de oro. Creen que hay una doble moral, afirman que pequeñas dragas de oro en el río San Juan que están en el territorio del ELN han sido destruidas. Dicen que dragas de tamaño industrial en el territorio del grupo paramilitar más grande de Colombia, el AGC, Autodefensas Gaitanistas de Colombia, permanecen intactas.

Como para confirmar las sospechas de los habitantes locales, una tarde reciente, río arriba del San Juan, dragas de oro gigantes se veían en el río, arrojando arena en sus márgenes y creando pequeñas montañas a lo largo de la orilla.

Un largo barco de estaño salió del pueblo minero con 5 hombres armados vestidos con ropa de trabajo a menos de 10 minutos del principal cuartel de policía de la región. Eran combatientes paramilitares de las AGC, quienes, como el ELN, llevan un brazalete sobre la chaqueta con las iniciales de su organización.

Históricamente, el oro ha hecho más producido más daño que beneficios al Chocó. Los africanos llegaron por primera vez a la región para minarla como esclavos bajo el dominio colonial de los españoles.

Siglos más tarde, es la parte más pobre del país, y una de las más destruidas por la minería. Casi la mitad de la cubierta forestal se ha perdido en el país a causa de las actividades mineras en Chocó, y tiene el peor nivel de contaminación de mercurio en Colombia. Un análisis de sangre y orina para detectar mercurio que se llevó a cabo por el Ministerio de Sanidad reveló que los residentes de la cuenca de San Juan tenían niveles críticos en su sistema, muy por encima de la media nacional.

Sin embargo, el comercio lucrativo continúa haciéndolo un punto clave para los grupos armados. Se calcula que 82 por ciento de las exportaciones de oro de Colombia se obtienen de bandas criminales armadas.

Atrapados en el fuego cruzado

Muchas casas habían sido abandonadas en Noanamá y los combatientes del ELN las habían utilizado como campamentos. El pueblo de Noanamá no parece una zona de guerra, pero hace poco más de seis meses la cuenca de San Juan era el escenario de una de las luchas más cruentas de los tiempos recientes.

Cuando estalló la batalla entre el ELN y las AGC en junio, miles de personas fueron desplazadas; los líderes de los poblados fueron asesinados, niñas de tan solo 12 años fueron violadas, y el 20 por ciento de la población que vivía en la cuenca de San Juan tuvo que abandonar su hogar, según una investigación de Human Rights Watch.

Las condiciones eran tan malas el año pasado que miles de chocoanos tomaron las calles de la capital departamental, Quibdó, para pedir seguridad y una reforma. El día de la Independencia de Colombia, los manifestantes en Quibdó retiraron la bandera nacional y la sustituyeron con la regional de Chocó, como protesta porque las condiciones de vida allí apenas habían mejorado desde la conquista española.

Según la única profesional de la medicina del pueblo —una monja católica que lleva en Chocó desde 1957— las enfermedades más comunes son la malaria, la desnutrición y las lombrices intestinales, relacionadas con el agua contaminada.

La Cruz Roja Británica tiene una misión humanitaria en la región y proporciona medicinas a los lugareños, pero cuando se quedan sin suministros, los chocoanos dependen de las medicinas tradicionales a base de plantas que les administra la religiosa colombiana. La gente también viaja desde los pueblos vecinos para que les asista esa monja, que puede llegar a ver hasta 20 pacientes al día de forma habitual.

Cuando le preguntamos por qué utiliza medicina tradicional, la monja responde con naturalidad: “Porque había que hacerlo, por necesidad”.

Después de semanas en la calma relativa de Noanamá, los combatientes del frente Che Guevara finalmente guardaron sus equipos y desmontaron sus campamentos, listos para dejar el pueblo. No nos desvelaron cuál sería su destino, si era otro pueblo o de nuevo la selva.

 

 

 

 

 

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